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El amor de un búho y una alondra

Hikari y Koi Érase una vez un solitario y orgulloso búho que sobrevolaba el mundo en las noches, acompañado de oscuridad y silen...

julio 24, 2016

El amor de un búho y una alondra

Hikari y Koi



Érase una vez un solitario y orgulloso búho que sobrevolaba el mundo en las noches, acompañado de oscuridad y silencio. Vivía solo en su nido, no se juntaba con otros semejantes ni individuos de otras especies, solo se le veía acompañado cuando la necesidad imperiosa de aparearse así se lo exigía. El nombre de nuestro búho es Hikari, un nombre proveído por la ironía, puesto que él se entregaba más a la oscuridad que a la luz.


Hikari era inofensivo, tan solo hacía daño cuando las ganas de comer le obligaban a cazar. Del resto, era un ave distinta que amaba el saber, el arte y la poesía y en sus ratos libres se dedicaba a leer, escribir, dibujar y cantar. Su rutina era imperturbable, como lo era el nido: su santuario y escondite.

Un día, entre tantos vuelos y una vez que hubo considerado que era tiempo de olvidar a la última búha con la que estuvo, notó en una rama a una pequeña alondra, de singular plumaje blanco y con un canto muy dulce. Temeroso y tímido, el búho solo la observa de lejos, sin atreverse nunca a acercársele y saludarla. Pero ya no era ningún joven al que le costaba acercárseles a las hembras, ya tenía un método y recurrió a él. Notando que la alondra frecuentaba diariamente una rama en particular, decidió dejarle una carta ese día, donde la saludaba y le ofrecía su amistad.

Alondra respondió con prontitud e interés, y así, cada día se intercambiaban cartas. En ellas supieron que tenían mucho en común, que ambos veían el mundo con los mismos ojos, las mismas cosas que entristecían a Alondra, entristecían a Hikari, y aquello que alegraba los días de Hikari, era lo mismo que alegraba los de Alondra. Ambos se sentían atraídos y sin embargo Alondra se preguntaba porque Búho no daba su cara, porque eran solo cartas, porqué jamás un encuentro.





Aquellas dudas que ella tenía se disiparon una vez que Búho finalmente la invitó a salir. Quedaron en verse en una montaña un tanto concurrida por las aves, y por primera vez en mucho tiempo, Hikari volaría a la luz del sol. Aquel primer encuentro transcurrió entre risas y sonrojos de alondra, quien se sentía atrapada por los penetrantes y profundos ojos de búho, que aunque naturalmente asustan al común de las especies, a ella parecía no importarle, más bien le encantaban, como a él lo cautivaba lo luminoso de su sonrisa. Adoraba verla sonreír y por ello no cesaba en sus intentos de hacerla reír. Aquel deseo primario de solo aparearse con ella había desaparecido, ahora solo había el extraño y sano placer de estar a su lado y no separarse.

El primer encuentro entre ambos terminó a la luz de la luna recién salida. Tarde-noche de luna llena, con la misma gigantesca en el cielo, luminosa, brillante, radiante, testigo solemne de aquel encuentro. Mientras ella los veía, Búho rodeó a alondra con sus alas, ella rodeó su cuello con las suyas, y ambos se entregaron a un beso intenso, largo y hermoso. Al terminar Alondra besa la punta de su ala derecha y la posa sobre el pico de Hikari, quien siente su corazón saltar, siente que por su cuerpo comienza a correr aquello que evitó toda su vida y a lo que ahora se encontraba sujeto para siempre: el amor.

Alondra comenzó vuelo pues necesitaba irse. Sus tres pichones la esperaban. Así era, Alondra ya tenía tres bebés que la esperaban, mientras que a Hikari solo lo esperaban sus libros en su nido.

Búho no pensó que si Alondra tenía pichones es porque ya había alguien más en su vida. Ella le confesó que era cierto, el padre de los pichones era un halcón que se había separado de ella y no tenía interés más que en la crianza de sus hijos. Búho al saber que el padre de los pichones era halcón sintió respeto por él, un ave noble y admirable, pero lo que no sabía y lo que descubriría después, es que Halcón era cruel y despiadado.

En el siguiente encuentro, Hikari nota un raspón bajo el ojo de Koi, que así se llamaba Alondra. Ella le dijo que le pasó el día de su primer encuentro, que atontada y embobada por los besos de él, ella comenzó a danzar en pleno vuelo y se estrelló con una rama. Hikari sonrió al imaginar la escena, pero no supo, sino hasta después que ese raspón no lo hizo ninguna rama, fue un golpe salvaje que le propinó halcón al enterarse que ella se había visto con búho. Pero sí, Koi danzó en pleno vuelo aquel día.



Las vidas de ambos tomaron caminos distintos. Mientras Hikari se entregó al trabajo, al saber y a la diversión casual, Koi se fue del nido con Halcón siendo muy joven, creyendo que él era el príncipe que se le había prometido en sus sueños. Pero halcón no la quería, no la respetaba, la golpeaba con solo ella mirar de casualidad a otra ave, mientras el salía con otras pajarracas, sin darle derecho a Koi de reclamar, y si Koi reclamaba, él la golpeaba. Incluso, mientras Koi empollaba a sus pichones, Halcón la golpeaba hasta casi matarla. Kuroi, que así se llamaba Halcón, tan solo la usó para tener hijos. “Quiero que la madre de mis hijos sea bonita e inteligente, por eso te escogí a ti”, era lo más lindo que en toda su vida le había dicho halcón.

Koi se sentía mal, se sentía vejada, y devaluada. Había perdido las esperanzas de encontrar aquel amor hermoso con el que soñó desde niña. Cuando volaba y se sentía vista por otras aves tan solo pensaba que ya no era tan hermosa como antes, que su candor de doncella había desaparecido, había pasado su tiempo, ya nadie la querría. Pero al verla, Hikari pensaba lo contrario, pensaba que era un ave muy hermosa, que sus ojos brillaban con solo ella posar su mirada en él y mientras los días pasaban, la necesidad de estar con ella aumentaba, tanto así que en poco tiempo ya Hikari le decía que quería vivir y casarse con ella, él, él que nunca consideró casarse con nadie.

Los días pasaban y el amor entre Koi y Hikari se hacía más fuerte, tanto así, que un día Halcón y la madre de Alondra la convencieron de terminar su relación con Hikari, que no podía ser, que Hikari solo la quería para divertirse con ella, que ningún ave tomaría en serio a quien ya tenía tres hijos. Confundida, y confiando más en aquellos que conocían de más tiempo, Koi decidió abandonar a Hikari. Aunque búho hizo un intento de comprender sus razones, no podía entender su decisión, pero la respetó.

Lo que ninguno supo ni pudo prever era lo doloroso que aquello iba a ser.

Los días pasaban, y Koi y Hikari, cada uno por lado, se entregaban a la añoranza de lo vivido, a la tristeza por la no realización de aquello que pensaban vivir y al dolor de no tener al otro. Hasta el día en que Koi, cansada del dolor, ansiosa por su felicidad, abandonó el nido y fue en busca de Hikari. Temerosa de que él no la aceptara otra vez, Koi alzó vuelo y le encontró. Lo halló más oscuro de lo normal, entregado por completo a las tinieblas. Al verla, Hikari sintió el corazón saltar y el brillo volvió a sus ojos. Por supuesto que la aceptaba, Koi sin saberlo, era aquello que a Hikari siempre le hizo falta.

Pero búho notaba algo extraño en Koi. Su corazón ya no era de halcón y sin embargo este la influenciaba enormemente. A menudo ella lo mencionaba, comparando lo oscuro de su vida con él, con lo luminosa que ahora era junto a Hikari. A Búho esto no le molestaba, de hecho el mismo también conversaba de sus antiguas compañeras, pero al notar que a Alondra el daño que la había hecho Halcón era enorme, terminó por recomendarle que lo mencionara menos, que comenzara de esa manera a desatarse de su poderosa influencia.

Aunque Halcón ya se pasaba y apareaba con otras aves, no podía resistir a la idea de que Alondra tuviera una vida mejor, un comienzo nuevo, alguien que la valoraba. Para el, ninguna hembra era merecedora de valor. Era un macho, muy lejos de ser un caballero. Por tal motivo, no dejaba en paz a Alondra, y cada vez que visitaba a sus hijos, aprovechaba para torturarla con sus palabras y los deseos de que todo con Hikari saliera mal. Viendo que todo iba de maravillas con Búho, el recurría a la fuerza y viendo que ni los golpes detenían a Koi, resolvió chantajearla: mataría a Hikari, si ella no lo abandonaba.




Intrigado por la apariencia de quien consideraba su rival, Halcón decidió un día perseguir a Alondra en algún momento que se tuviera que ver con búho, para así poder conocerlo. Ocurrió esto y Hikari notó que Alondra se sentía temerosa al verlo, el por su parte tan solo lo vio a lo lejos y a medida que este se acercaba ni siquiera lo miró. “Los búhos no cazan moscas”, pensó para sí.


En los días subsiguientes, y cuando le contaba sobre las amenazas de Halcón, Hikari notaba que Alondra se expresaba con mucho miedo. Ella le repetía frecuentemente que Kuroi le haría algo, que lo lastimaría, que ella no quería verlo herido. Pero Hikari, recordando la apariencia de Halcón, solo pensaba que Koi lo sobrevaloraba. No era tan imponente como ella lo pintaba, de hecho, si él se atrevía a hacerle algo, a Hikari no le iba a ser difícil esquivarlo y defenderse, pero eso sí, sus movimientos debían ser muy precisos en ese caso. Sin embargo, y a pesar de que cada día Koi le revelaba acciones de Kuroi que hacían que en él naciera el odio y el asco por ese ser, Hikari no tenía las más mínimas intenciones de hacerle daño. Las únicas intenciones suyas eran tener a Koi a su lado, vivir con ella, construir a su lado una familia.

Entre las confesiones de Koi a Hikari estaban las de sus gustos y sus temores. Uno de sus más grandes miedos, era la soledad. Para Hikari, la soledad era la naturaleza, por eso en cierta medida le era difícil comprenderla. La única etapa de su vida en que no estuvo rodeado de soledad, lo fue cuando era pichón y necesitaba de los cuidados de sus padres, aun así, Hikari no sentía molestia cuando ellos abandonaban el nido para buscar alimento, al contrario, aprovechaba dicho tiempo a solas para callar y oír a la tierra girar, escuchar la respiración de las flores, observar el ritmo pausado del cambio de las estaciones y notar el lento pero constante crecimiento de los árboles. En sus horas a solas, Hikari aprendía los secretos más divinos de la poesía secreta de lo cotidiano hasta perfeccionar la comprensión de sus mecanismos y extraerla en sus horas más ricas. En sus momentos a solas, Hikari tenía la enorme oportunidad de hablar consigo mismo, conocerse, saber sus virtudes y sus defectos, perfeccionar las primeras y corregir los segundos. Hikari reía a solas, cantaba a solas, amaba a solas. Llegar a su nido y no encontrar a nadie, no era fin de mundo, en cambio para Alondra, aquello lo atemorizaba, por eso, al separarse de Halcón, volvió al nido de su madre. Y ahí, estaba a las anchas de Kuroi, quien seguía sintiéndose dueño de ella.



Koi solo se sentía liberada de la tenebrosa influencia de Kuroi estando lejos de él, compartiendo largos ratos de conversaciones, besos y vuelos con Hikari. Búho mientras tanto le daba el trato que Alondra siempre deseó, le daba diariamente las buenas noches y los buenos días, le dedicaba canciones, le escribía poemas y cartas en ocasiones especiales, a veces sin necesidad de ellas: mientras contemplaban las montañas al volar, Hikari le pedía que se detuvieran, se posaban sobre una rama y sacando una hoja de su pecho, comenzaba a escribirle poemas que sonrojaban a Koi y la hacían sentirse orgullosa de su propio ser, un sentimiento que estando con Halcón lo creía olvidado.

Por el lado de Hikari, este se daba cuenta que le entregaba a Koi todo de sí, y sorpresivamente, esta sensación no lo asustaba. Con anterioridad, cuando se daba cuenta que a su compañera le estaba haciendo partícipe de muchos aspectos de su vida, sentía el temor de que esta se quedara para siempre en ella y profanara los rincones más escondidos de su existencia, desproveyéndole de esa independencia tan amada y cuidada.

Pero Koi con su llegada había cambiado ese mundo. Con ella el compartía todas sus virtudes, sus talentos, sus buenos ratos, el lado más esplendoroso de su ser. Ella conocía al Hikari amoroso, al apasionado, al humorístico, al poeta, al artista, al sabio, al erudito, al filósofo, y también conocía al Hikari amargado, amoroso de su soledad, al por momentos iracundo, al impaciente, al exigente, al arrogante. Y a todos los Hikari amaba.  Con sus anteriores compañeras Búho siempre se encontraba diciéndose: “Tengo esto que ella no acepta, ¿debo cambiar yo? No, debo cambiarla a ella”, en cambio con Alondra se hablaba así: “Conoce lo bueno y lo malo de mí y me acepta, me ama, siempre me dice que no cambie, aun cuando le digo que debo hacerlo. Al tenerla, soy afortunado”.

El amor que Hikari sentía por Koi era tan grande, que muchas veces cedía en su orgullo y en su empecinamiento en sus propias pasiones y costumbres, solo para complacerla a ella.

En una ocasión, Búho llevó a Alondra a conocer el mar y ambos observaron el quebrar de las olas en la orilla y la impetuosidad del océano desde las piedras de un muelle. Búho por momentos incómodo por el bullicio de los sucios humanos, por el calor ardiente de la región costera, la pesadez de la arena, pensando: “¿Qué hace un orgulloso búho como yo observando los dominios de los estúpidos peces? Yo, yo, que puedo volar por el firmamento”, y su semblante se oscurecía. Cuando esto ocurría no había nada en este mundo que quebrara ese sentimiento negativo de apatía y amargura, pero cuando Hikari observó la mirada de paz de Koi al mirar el mar, su entrecejo aflojo, comenzó a aparecer cierto brillo en su rostro y cuando ella lo miró a los ojos, le dio un suave beso en el pico y se arrecostó sobre su hombro, todo aquel sentimiento de amargura se disipó, sus ojos se iluminaron, besó la cabeza de ella y observó el mar sin decir ni pensar nada, concentrando su amor en ese ser que ahora tenía al lado y dejándose contagiar por la paz que a ella le transmitía el mar.

Koi, la dulce alondra, fue capaz de penetrar en la vida del duro búho, Hikari, del solitario y callado, entró a su corazón, borró las huellas de amores pasados, limpió los remanentes de las ganas de renunciación, de la vida ascética, del aislamiento total, llegó y llenó su vida de luz, hizo sus días agradables, sus noches más tranquilas, le otorgó nuevas razones para soñar, para amar, para ser grande. Increíblemente, Koi también sembró en él, las ganas de ser padre.

Pero Koi, fue muy sincera:

- Amor mío, -le dijo Koi, con acento triste- sé que serías un gran padre, pero te confieso: yo no puedo darte hijos. Ya me sequé, las alondras solo podemos tener tres pichones.

Koi observó que el semblante de Búho se apagó un poquito y aunque Hikari le dijo que eso no importaba, su corazón aún estaba dudoso y uno de sus grandes temores, es que con el tiempo Búho la abandonara, seguido por sus deseos de dejar prole.

Una noche en que durmieron juntos, Búho comenzó a decirle a Koi con una sinceridad que ella notó por ser muy evidente.

- Debo confesar, que por momentos envidio el hecho de que tengas hijos. Antes no los quería, no los necesitaba, pero desde que te conozco y veo como tratas a los tuyos y como los ojos se te llenan de orgullo al hablar de ellos, entiendo que ellos dotan a tu vida de un nuevo sentido, un sentido que quizás la mía nunca tenga. Aunque lo hecho ya está y no podemos cambiarlo, ni siquiera deberíamos desear cambiar lo hecho, por momentos lamento el haber llegado tan tarde a tu vida.


Hubo un silencio, seguido por la declaración de concordancia de Koi: ella también lo lamentaba. 

Hikari continuó:

- Halcón es un ser despreciable, se aprovechó de tu inocencia y créeme, el poco respeto que le tenía ya desapareció, pero, hay ocasiones en los que envidió el hecho de que él fue el padre de tus hijos, él estuvo en ese lugar privilegiado en el que yo nunca estaré. Si alguna vez Dios me concede un deseo de por sí imposible, pediría ese.

Su voz se quebró como si fuera a llorar, pero se repuso:

- Aun así, pienso también en la filosofía oriental: nada pasa por casualidad, y cada cosa ocurre porque tiene un fin. Y si el destino, o dios, o lo que sea, te trajo a mí ya con hijos e imposibilitada para tenerlos y darme los míos, es por algo, es porque algún papel desempeñarás o ya desempeñas en mi vida, de la misma manera que yo lo desempeñaré en la tuya. Si es mi destino ayudarte a hacer de tus hijos aves de bien, entonces lo haré, aun consciente de que con los años lo buscarán a él y jamás me llamarán papá, pero ¿sabes porque lo hago? Porque tú iluminas mi vida, eres un sueño hecho realidad y por nada del mundo te dejaría ir. Además, ser padre no significa solo engendrar.




Y dicho eso, Koi se conmovió hasta el punto de llorar, sobre todo cuando notó grandes y luminosas lágrimas en cada uno de los ojos de Hikari. Ambos se besaron hasta quedar dormidos.

Un día, Koi tuvo un problema en el nido de su bandada. Sus hijos se portaron mal, fueron traviesos como lo son los niños, inquietos y juguetones y eso molestó a Majoo, la reina del clan, o bueno, así se hacía llamar ella. Koi y sus niños fueron expulsados, quedando a la deriva. Al saber esto Hikari tomó una decisión firme y le dijo a Alondra: pues, vente a vivir a mi nido, tú y tus tres pajaritos, hay espacio de sobra.

Aun con la pena que causaba molestarlo, Koi no tenía a donde más ir y por eso decidió aceptar la invitación de Hikari, a fin de cuentas, algún día y si todo salía como ellos esperaban, vivirían juntos de manera definitiva.

Durante semana y media, mientras Alondra podría construir un nido propio para ella y sus pajaritos, los cinco convivieron juntos como familia. La intención de Hikari nunca fue reemplazar al padre de los pajaritos y siempre les insistía en que lo llamaran por su nombre y quería que lo vieran como un amigo, aunque eso sí, el ejercía su función de autoridad dentro del nido, pero dejaba el acto de reprender a los pajaritos solo a su mamá. Los niños se portaban de maravilla, siendo muy raras las veces en que daban problemas.

El mayor dio problemas tan solo una vez, cuando insistía a Hikari acerca del uso de un particular juguete y una vez estuvo en posesión del mismo se comportó a la altura de la responsabilidad de ser el primero de los pichones. El segundo dio problemas tan solo un día y eso debido a que Alondra lo dejó todo el día con Hikari, a la larga su madre le hacía falta y la cantidad de berrinches y llanto aumentaba. La tercera y menor dio problemas solo una noche en que se levantó llorando y se negaba a dormir, lloraba tan fuerte que casi que despertaba a los animales vecinos. Alondra apenada le dijo esa noche a Hikari:

- Mañana me voy, se me cae la cara de vergüenza contigo.

Pero Hikari la abrazó y le dijo que no era problema, así que Koi se quedó con él.
La presencia de niños en su nido no le causaba molestia a Hikari y de hecho hasta lo disfrutaba y siempre que podía, que el trabajo lo dejaba, se ponía a jugar con ellos. Era muy apegado sobre todo a los niños, a quienes quería mucho. Una noche, y fiel a sus hábitos nocturnos, Hikari se levantó para estudiar un poco en sus libros mientras Alondra y sus hijos dormían. Al terminar regresó a la estancia y notó a sus cuatro rostros durmiendo, se sentó un tanto aparte y los observó, y pensó para sí:

“He aquí cuatro seres de especies distintas a la mía, están donde yo supuse que nadie entraría, en la fortaleza de mi soledad, y sin embargo, lo menos que quisiera sería pedirles que se fueran y me dejaran solo, como siempre ocurre. Están y no molestan, están y no quiero que se vayan, están y siento que los amo. Toda la caterva de búhos del mundo se burlarían de mí por criar alondras y sin embargo, eso no me molesta. Aquí están y los quiero”

Se puso en posición de dormir y cerró sus ojos, pero antes de quedarse dormido, pensó:
“Ellos son mi familia, aquello que siempre me negué a tener, ahora lo tengo de pronto, sin planearlo, sin aviso. Esta es mi familia y no quiero que se vayan”.

Pero una vez que Alondra terminó el nido que estaba construyendo, debían irse. Búho aceptó esto, pues algo que amaba de Koi eran sus ganas de no depender de nadie, de aprender a sostenerse, de luchar por sí misma. Se decía el que esto nutría su alma y la hacía más hermosa. Los cuatro lloraron al irse mientras Hikari no lloraba pues pensaba que todo ello era temporal, ellos volverían e incluso Alondra había hecho un trato: pasaría con Hikari cuatro días de la semana.



Así que no había porque preocuparse, por un lado Koi aprendería a ser independiente y por otro, compartirían más tiempo juntos. Pero al primer día de ausencia de Alondra, Búho sintió el vacío y el silencio, le hacía falta oír a los pajaritos reír o llorar, pedir comida o negarse a dormir. El nido estaba vacío, le hacía falta alondra. Antes, al terminar de trabajar, sabía que Alondra lo esperaba en el nido, pero ahora solo lo esperaba la soledad y el silencio, al punto de que lloró y se dijo: “Mírenme, ¿Quién lo diría? Me encuentro en la soledad y me duele, ¿Cuándo acá?” pero se calmó al recordar que en pocos días alondra volvería. Por eso tomó una decisión, le diría a Koi que se anulaba el acuerdo, que se mudara con el definitivamente, que se casaran, que comenzaran a hacer realidad ese sueño. Se lo diría el segundo de los cuatro días.

Pero Hikari no sabía que esos días nunca llegarían.

Al segundo día de ausencia de Alondra, Hikari recibió su inesperada visita hacia la medianoche. Sorpresivamente ella había venido y Búho pensó que era una visita de corte romántico, por ello sus ojos brillaban de amor. Pero al notar el semblante triste de Koi, comprendió que este no era el caso. Algo le decía que era la despedida definitiva.

Koi mantuvo la distancia, no quería acercarse mucho a Hikari. Entendiendo su preocupación ella comenzó a hablar.

- Estos días sin ti, y tras pasar tiempo contigo, he comprendido una cosa –dijo Koi. Considero injusto arrastrar mi pasado hasta tu vida. Al regresar a mi nido comprendí que Kuroi no se alejará de mí tan solo por sus hijos. Es un vínculo que siempre nos tendrá unidos. El siempre será una sombra que me perseguirá y te alcanzará, perturbará la paz que por tanto tiempo has luchado por mantener.

Hikari comenzó a temblar con el temor de un fin que no esperaba, que no quería, que lo torturaba.

- Sé que eres lo suficientemente maduro para entenderme –continuó Koi-, también sé que esto que hoy te digo te lastima y te hiere, que quizás esas heridas tardarán en cerrarse, pero al ver tus ojos yo veo y reconozco a un ser lo suficientemente fuerte para resistir esto y más. Con la fe de que te repondrás, que saldrás adelante, con dicha fe me fortalezco.

Ambos comenzaron a llorar.

- Tú no mereces comenzar una familia que ya está hecha, tú no mereces continuar lo que otro abandonó. Eres grande, eres fuerte, mereces comenzar desde el principio, cumplir todos esos sueños con alguien cuyo pasado no la perturbe. Mereces quien te dé el privilegio de ser el primero y el único. Mereces la felicidad de estar con alguien sin temor a que otro vendrá a hacerte daño. Aquello yo no te lo puedo dar. Tú me das paz, sin embargo yo no te la doy, por eso, es que te la quiero dar a partir de hoy.

Hubo un silencio entre ambos. El llanto estaba presente en sus ojos y Hikari intentaba calmarse para poder responder. El creía en la libertad, en la independencia, en la soledad. No quería estar sin Koi, sin embargo, comprendía que no podía obligarla ni forzarla a continuar con él.

- ¿Así que hoy te vas de mi vida? –Comenzó él, con una de esas preguntas que no necesariamente ameritaban respuesta- eres un ser libre, no puedo obligar a quedarte. Puedo decirte que no comprendo tu decisión, sin embargo, no haré nada para que la cambies. Ves las cosas de un modo que yo no. Poco me importa si tú ya tienes hijos, poco me importa ser el primero y único de alguien, así como tú lo dices. Dices que no me das paz, pero eso no es del todo cierto. Solo me siento perturbado cuando el sucio halcón aquel te hace daño, pero esa no es tu culpa, esa ausencia breve de paz no la causas tú, la causa él.

Koi intentó responder a aquello pero Búho la detuvo y continuó hablando:

- Y no es solo paz lo que has traído a mi vida. Tu llegada significó al mismo tiempo la llegada del verdadero amor del que he oído hablar y que no había conocido. Ese amor para nada egoísta y desprendido que uno siente al querer la felicidad del otro aun a costa de la infelicidad propia, ese amor que no se satisface con tener a la persona amada a un lado, sino con saber que aun a kilómetros de distancia esa persona están bien; ese amor cuya meta no es alcanzar el placer del beso, sino el placer de ver a la otra persona sonreír. Tu llegada también significó la entrada a mi vida de sentimientos que pensé nunca sentiría: el del miedo a perder a alguien, el miedo a la soledad, la necesidad de saber de alguien, de llamarla, de escribirle. Tu llegada trajo consigo el disfrute de placeres que antes me eran desagradables.

“Tu llegaste a mi corazón, ocupaste su habitación más grande, limpiaste de él los restos de los amores pasados, de las conquistas que dejaron solo un rato de diversión, barriste con las ganas del aislamiento total, de la soledad férrea e hiciste que a mis ganas de estudiar y conseguir sabiduría, se le uniera el deseo de que cada noche alguien, específicamente tú, me esperara en el lecho, que cada día, tu como ese alguien, me despertara con besos y los buenos días más hermosos que mis oídos han oído. Eso lo trajiste y hoy que te vas, con eso me dejas.

“Te vas y dejas tu hermosa huella, pero al mismo tiempo dejas el insoportable dolor de tu pérdida y la tortura de tu ausencia eterna. Te vas, y te dejaré ir, no haré que nada te ate, pero quiero que sepas que con los años, me preguntaré que ha sido de tu vida, dónde estarás, que ha sido de tus hijos, si estás bien, si ellos han resultado seres de bien, si por fin lograste liberarte de las cadenas a las que te aferras.

“Te vas y me dejas el bonito recuerdo de tu paso, esas memorias que nunca se borrarán, como el de nuestro primer beso o de cuando fuimos al mar. Pero también me dejas la amarga intriga de no saber qué habría pasado si te hubieses quedado. Te vas y me dejas el corazón un tanto vacío, en él hay un amor impetuoso que casi se desborda hacia un objeto que a partir de hoy no estará. Me dejas las ilusiones muertas y los sueños rotos. Pero como te digo, no puedo obligar a que te quedes. Eres libre y así te amo, libre de decidir, libre de ser, libre incluso de abandonarme. Así te amo y así te amaré hasta que mi corazón me diga ya no más.

La hora del último adiós se acercaba, ambos lloraban copiosamente. Ningún corazón tenía reposo y se entregaba al llanto más sincero. Era la última de sus charlas, era el último abrazo, e incluso el último baile. Hikari que consideraba el baile indigno, invitó dos veces a Koi a bailar, solo para sentir su cuerpo moverse con el suyo.





Era el día de los últimos abrazos, los últimos besos ante la mirada de la pálida pero hermosa luna. Cuando hacia el final ambos se sentían más tranquilos, comprendieron que era momento de decir adiós. Ya las lágrimas habían cedido un poco y el temblor en las plumas había desparecido.

- Ya es hora, amor –le dijo Koi- debo irme.

Se miraron a los ojos por largo rato, Hikari plantó un beso en su pequeño y delicado pico, le dijo adiós y le pidió que le dedicara una última sonrisa, a lo que Alondra respondió con una enorme y brillante sonrisa, adornada con las titilantes luces de sus ojos lagrimosos.

- Nunca olvides que todas mis sonrisas son tuyas. –le dijo y se despidió de él con una frase que a ella le dolió en el alma: si algún día tienes hijos, recuerda algo: yo me moría por dártelos.

Y Koi alzó vuelo hacia el amanecer de un nuevo y oscuro día. Hikari no alcanzó a decírselo, pero mientras ella se perdía en el horizonte le hizo una última petición: que fuera libre, que tomara bríos de donde no los tiene para liberarse de la oscuridad de la que era prisionera. Que así era como él la quería ver.

Durante la despedida, Alondra le prometió que si algún día era libre lo buscaría y Hikari prometió lo mismo: con los años la buscaría para ser felices de una vez por todas.
Pero los años pasaron y ninguno cumplió su promesa.

Hikari consagró la estancia más grande de su corazón para Koi. Los primeros meses fueron los más difíciles. Por las noches lloraban desconsoladamente su ausencia, ululaba su llanto con una estridencia ensordecedora, que llegó a preocupar a sus vecinos, pero nadie se atrevía a abordarlo. A veces Hikari daba miedo.

A veces, en la soledad de su nido, comenzaba a golpear cosas, a lanzarlas para romperlas, quemó papeles, botó libros. Se desgañitaba en un llanto nutrido de lamentos, preguntándose por causas y efectos, incluso en deseos de buscarla. Nada aliviaba su dolor. Hubo incluso momentos en que se caía a propósito del vuelo, para estrellarse en el suelo y así torturarse. Buscaba que el dolor físico apaciguara el dolor del alma y el corazón, pero aun con las alas quebradas y los ojos moreteados, el dolor por la ausencia de Koi era más grande y no daba muestras de mitigarse.

Pero llegado al punto en que consideró volar hasta el mar y dejarse caer en él para terminar de ahogarse, Hikari comprendió que Koi no habría deseado dicho fin para él, que así como él la quería ver libre y sonriente, finalmente dueña de su propia luz, ella habría deseado que el siguiera siendo el ave que ella conoció: libre, inteligente, sonriente a pesar de las adversidades.




Comprendiendo que ella no volvería, sabiendo que él no la buscaría y que ella a él tampoco, Búho decidió guardar su amor y continuar con su vida. Conoció y salió con otras aves, se relacionó con las pájaras con las que mejor se llevaba pero a ninguna le dio amor. No podía darle lo que no tenía, su amor se lo había entregado a Koi.

Su vida se desarrolló entre el leer sus amados libros, escribir sus ideas y pintar aquello que lo conmovía, salir a cazar para poder comer, divertirse en sus vuelos nocturnos y de vez en cuando salir con otras aves y disfrutar del placer carnal con ellas. Pero jamás conoció de nuevo el amor.

Se rehusó, como eran sus intenciones primarias, a formar familia. Eso se le dejaba claro a todas las pájaras con las que llegó a salir y ellas lo aceptaban hasta que sentían ganas de hacer su propio nido, entonces se separaban en una despedida dolorosa para ellas, pero que para Hikari nunca llegó a asemejarse al dolor que le causó decirle adiós a Koi.

Hikari murió una noche mientras observaba la luna. La vejez había llegado para reclamarlo y llevárselo al descanso eterno. Mientras miraba a su compañera, pensaba y recordaba aquella dulce alondra que había roto la coraza de la soledad más fuerte, recordó aquel hermoso beso del primer día, la vista del mar en su compañía, las noches en que como familia, durmieron todos en su nido. Sonrió antes de morir, sin hacerse preguntas, sin lamentar nada.

Koi, por su parte, logró la paz solo cuando sus hijos crecieron, Halcón se fue desprendiendo a medida que los niños se convertían en adultos y eran independientes. Una vez dejaron el nido, ella se dedicó a viajar. Se preguntaba por Hikari y su destino, pensó en cumplir su promesa e ir en su búsqueda, pero pensando que él se había casado con una búha que le dio los hijos que ella no pudo darle, decidió que lo mejor era no perturbar su paz.

Pasó un año, dos, cinco, diez, veinte, una vida entera, y Koi se preguntaba que había sido de Hikari. Con el tiempo ella también salió con otros pájaros, pero con ninguno compartió el amor que tuvo con aquel malhumorado búho que de alguna forma la hacía brillar. Con ninguno tuvo el arrojo de vivir, solo era salir, compartir, besar, y nada más. A nadie más se entregó.

Hikari murió primero y su alma acompañó desde entonces a Koi. La observaba en sus ratos de felicidad y en los de tristeza, en los duros y los suaves, en los tiempos de salud y los de enfermedad. Cuando Alondra dormía, podía sentir, aunque no lo sabía, un abrazo invisible que le daba calidez, paz y serenidad, lo necesario para dormir plácidamente. Era Hikari que en espíritu la abrazaba. De vez en cuando soñaba con él, pero desde que Búho murió, lo veía en sueños todas las noches, y Hikari nunca le reveló que había muerto.

Sus sueños con él se resumían a los dos sonreír, visitar el mar, ascender a la cima de las montañas, a besos ante la luna, a imaginarse los pichoncitos que no tuvieron. Una noche, en sueños Hikari le dijo:

- Hoy estoy feliz.

- ¿Por qué mi amor? –le respondió ella.

- Porque a partir de hoy, estaremos juntos para siempre.

Ese día, Alondra no abrió los ojos. Murió mientras dormía, y su alma se fue a dar un paseo con Hikari y ambos aun vuelan en el cielo eterno, finalmente felices, finalmente juntos y ya ni la muerte los puede separar.








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